Cuando entré al minisuper empezaban a incorporarse, la que más tardó en hacerlo fue la cajera, recuerdo a una señora con niña, un adulto mayor y un joven. Alguno de ellos dijo: "Acaban de robar". Yo me había topado con el ladrón en la entrada, tuve que cederle el paso, salió rápido y se subió a un viejo Mustang que lo esperaba y que arrancó a mediana velocidad en cuanto estuvo dentro. En aquellos tiempos me lamentaba por no haber llegado a tiempo. Las estadísticas eran otras.
En la entrada de un autoservicio me repitieron la frase "Acaban de robar", las personas que estaban cerca de la puerta señalaban una motocicleta que se alejaba por la avenida. Por esos días ya no me interesaba el rol en la película de acción, esa vez mi pesar no fue por perder otra ocasión de ver el desarrollo de un asalto, me lamenté más de tener que parar en otro autoservicio, ese de momento tendría que cerrar al público. Por esos días las estadísticas empezaban a abultarse. Ahora que los tiempos son otros y las estadísticas se desbordan, la multiplicidad de eventos teje los picos de la gráfica, de la normalidad, esa aparente línea continua.
Ahora ya es normal que asalten el súper de la esquina. Compré una tira de pan, otra de cacahuates, leche y memerlada, ya había salido cuando recordé que olvidaba los cigarros, regresé a comprarlos. Mientras me lamentaba el tener que hacer fila en la caja de nuevo, vi entrar a un chaparrito vestido de negro por completo, desde los tenis hasta el pasamontañas, atrás de él le seguía uno alto y delgado de atuendo similar, también embozado, se encaminaron directo a la registradora. El primero parecía llevar una pistola fajada, eso daba a entender cuando sostenía el bulto y rezaba un rosario de improperios. Yo quedé pasmado, por un momento pensé que podrían ser estúpidos y confundirme con un policía, separé mis manos de la cintura, recordé que las tenía ocupadas con el mandado. Después pensé en mi cartera, recordé que no traía dinero, pagar con tarjeta era lo que me tenía en la tienda. Pasaron de nuevo a mi lado, el más alto primero, en cuanto cruzó la puerta salió disparado con tremenda carrera, a diferencia del vociferante que salió caminado, se quitó la capucha y emprendió marcha hasta correr. Les vi a lo lejos, se habían reunido los dos, parecían desorientados, caminaron rápido a un rumbo donde les perdí. Lamenté haber olvidado comprar los cigarros, la tienda se cerraría.
Mi primer atraco en vivo tuvo una repercusión especial, si bien en términos generales fue bastante chafa, coincidió con una experiencia que días antes fue motivo de pitorreos de diversa índole, fue entonces que entendí un poco mejor. El susto que había yo vivido parecía como de entrenamiento en un mismo tipo de miedo. Cada vez somos más los invitados a ver la película de acción. Algunos en primera fila.
Mis compañeros caminaban por la plaza del pueblo después de haberse registrado en uno de los hoteles de la cuadra, entonces el quieto atardecer pueblerino se vio interrumpido por un convoy de sicarios. Tres camionetas con gente armada pararon en la plaza y mandaron a todos los presentes a sus casas, inspeccionaron los hoteles y dieron varios rondines por la plaza y todo el pueblo, una hora después el convoy de hombres armados se retiró, mataron sólo a dos, iban por algunos más. Dos horas después llegó el ejercito. Lo que para mí no pasó de un instante, para mis compañeros se prolongó ellos saben cuánto, al fin el miedo es el mismo, nacido de una situación con una baja pero latente probabilidad de que una absurda coincidencia te convierta en un cadáver, esa excitante sensación más o menos prolongada, más o menos angustiante.
Y aunque la estadística parece no mentir nunca falta alguien que viva la excepción. A un viejo dependiente de mostrador en farmacia, así como viejo amigo, le comenté algunos pormenores del asalto que había presenciado, coincidimos en que había sido de baja ralea, trajo a la plática los cinco o seis asaltos que él había sufrido, un par de ellos bastante rescatables, me aseguró por último, que de cinco años a la fecha habían cesado los atracos y que él se sentía más seguro, aunque se reconoció como una frágil excepción, coincidía conmigo en que en ese mismo periodo las historias de la vida cotidiana se habían tornado cada vez más macabras, como la de aquél amigo con un sobrino desaparecido desde hace un año, o aquella amiga cuya hija fue secuestrada hace dos años, la víctima fue esclavizada casi un año, después la privaron de agua y comida, la señora recogió el cuerpo de la joven en un hospital de la frontera. Lo que antes se leía en la prensa especializada ahora te lo puede reportar tu vecino. Por ejemplo, yo fui secuestrado por teléfono en el 2010, me comentan que gritaba pidiendo clemencia como fondo de la agresiva voz que exigía el rescate. En cualquier momento te puedes encontrar sentando en la butaca de la película 3-d del momento.
Tengo delante la lluvia intermitente de la carretera, se cae el cielo un par de kilómetros y se despeja otro tanto, así hasta que se cierra el cielo y sé que va a caer un chubasco, lo confirmo cuando entro y salgo de aguaceros cada vez más espesos. En medio de esa lluvia copiosa y por un camino sin señalamientos entro a una gasolinera, conforme me voy acercando me doy cuenta que el despacho está cerrado y que me dirijo a un grupo de uniformados de azul de la federal preventiva, quizá diez, pasan revista a una camioneta vieja y sus ocupantes están en la báscula. Freno. Sigo la marcha hasta que el policía me hace señas.
-Buenas tardes. Oiga, una pregunta: ¿Voy bien para Zamora?
-Sí, pero por aquí no hay paso, o dale si quieres. La gente del pueblo tiene bloqueadas las calles con piedras y estamos registrando todo, no está pasando nadie. Regrésate hasta donde está el puesto de la PGR y dale a la izquierda, es el libramiento, esa te saca.
El camino era demasiado opcional, estrecho, mal balizado y difícil, muy inseguro. Me llevó a una ranchería de la que encontré la salida después de una tupida granizada. Todavía llovía cuando ingresé al camino principal, estaba bloqueado para los que se acercaban, una barricada del ejercito desviaba el rumbo al camino que yo había recorrido. Conforme me fui alejando el cielo se despejó y la carretera se volvió un descenso prolongado con una variedad de curvas que exigían cierta pericia. En estos tramos me preocupo más por los vehículos que me pueda encontrar que en mi propia manera de salvar las curvas, con frecuencia te encuentras con un imprudente, sin embargo me topé con tres, y no me pareció demasiado, pensé que trataban de ganar el tiempo perdido por el chubasco.
El primero, un carro antiguo de gruesa lamina y ocho cilindros, hizo un rebase estúpido al vehículo delante de mí, en una curva, sin la menor visibilidad, en una cuesta, donde sumar velocidad se complica (y restarla te puede inmovilizar). Nos separaban cincuenta metros más o menos constantes a noventa kilómetros por hora, por lo que me sentí implicado en una situación de alto riesgo. Siempre pasa lo mismo, hago una rabieta, pero salgo vivo. El rebase de la camioneta roja fue como cinco minutos después, aquí la situación de riesgo fue menor, la gran velocidad a la que corría el bólido pronto lo alejaría, lo mejor es dejarlos pasar. La camioneta blanca era moderna, como la roja, pasó menos veloz pero lo suficiente para perder un poco el control en tramos, como también le ocurrió a la otra pick up por breves lapsos, pronto la perdí de vista. Minutos después empezaba a bajar una pendiente cuando volví a los conductores imprudentes y tuve que bajar la velocidad, "sí, agüevo, es que está cabrón, alguno se iba a romper su madre" pensé al instante creyendo que había ocurrido un accidente. No recorrí muchos metros cuando me percaté que la persecución había terminado, la camioneta roja había sacado del camino al impecable modelo antiguo, enseguida habría llegado el último de la cola. La vía en sentido contrario estaba libre y tenía delante de mí una camioneta que no hubiera sido obstáculo rebasar, pero delante de ambos corría lento, muy lento, un largo camión cargado de piedras. Uno de los dos ocupantes del ocho cilindros estaba rodeado, tres los amenazaban con fusiles de asalto, el cuarto de los dos pares que ocupaban sendas camionetas, también fusil en mano, nos pedía acelerar la marcha, coincidíamos, pero las circunstancias no lo permitían, los sesenta kilómetros por hora del caso me dieron quince segundos durante doscientos metros para preguntarme: "¿En calidad de qué presencio estos sucesos? ¿De ciudadano en riesgo? ¿De testigo? ¿De cómplice?", ya más relajado pensé que quizá había visto un operativo estilo judicial federal de alto rango, con muy buenas armas, con buenas camionetas, ¿qué más podía ser a unos 50 kilómetros de la barricada del ejercito, del puesto de la PGR? En cuanto pude rebasé al viejo camión cargado de piedras. Media hora después encontré el señalamiento a la autopista, ingresé a ella quince minutos después.
Ahora que las estadísticas tienen sus puertas abiertas y entramos y salimos de ellas con toda naturalidad es fácil confundirse. No puedo elegir qué fue lo qué vi, pero puedo preferir una versión de otra. Raro, esta vez elegiré el final feliz, la película de lo viejo y conocido, donde la policía opera de manera improvisada y temeraria para someter de forma desmedida a presuntos delincuentes, un final donde quizá no haya muertos. Otra versión me intranquiliza por consistente, el filme no es nuevo aunque parece inventado en estos tiempos en que cada vez se ve más: el levantón. El secuestro con fines de tortura y asesinato, un final para la ocasión con al menos un muerto, el chofer del modelo antiguo que no vi por ningún lado quizá había huido, el otro, el copiloto, al que tenían encañonado, ese ya estaba muerto. La falta de insignias, la mínima logística y un procedimiento caótico no son elementos ajenos a un operativo policiaco, pero sí el que sólo fuesen cuatro elementos contra dos delincuentes, que estos elementos policiacos contasen con armas de alto calibre pero ni siquiera uno de ellos con un juego de esposas a la vista, o que en lugar de pedir calma exigiesen anonimato. La confusión, angustia y cierto dejo de tristeza que irradiaba el semblante del capturado parecían exageradas para una orden de aprehensión, aunque ésta puede pasar a segundo término cuando tienes tres fierros apuntándote desde todas partes. Un final gris, agrio, donde el cadáver no aparece o si aparece va de propina, completo o descuartizado, sin mensaje o con él: "Acuso cobro de factura por traición, disputa, robo, placer, deuda u otros, el vuelto es para interesados y familiares".
No puedo elegir lo que vi, pero puedo elegir un final feliz, sin muertos. Ahora que las estadísticas tocan techo sería lo inesperado, lo atípico. Así, prefiero el final atípico para el caso, donde el capturado tiene la posibilidad de ser oido en juicio, con algo de suerte y mucho dinero, además de estar vivo sería libre. Otro caso menos afortunado sería vivo, aunque preso, pero es bien sabido que un rico preso no pierde su status en la cárcel. Siento que me engaño con la versión elegida, todos los finales felices son mentirosos a más de ser lo menos probable para el caso, pero lo prefiero así. Con el tiempo cambiamos sin dejar de ser los mismos.
Hace diez años caminaba por la Belisario Domínguez y en una esquina había una bolsa plástica, grande, inflada por los gases del contenido en descomposición, por el amarre rezumaban espuma y líquidos fétidos. En la siguiente esquina me encontré con otra idéntica bolsa. Así en cinco esquinas. Cinco bolsas que parecían la recolección de desechos de un hospital abandonada con toda premeditación. Por la tercera bolsa, recuerdo que les menté su madre a los responsables del grotesco foco de infección, y en seguida imaginé que las bolsas podrían contener un cuerpo descuartizado, me acerqué un poco más a las siguientes bolsas y las tanteé con la punta del pie, al no ver sangre, ni sentir huesos, lo único que me hacía pensar en un descuartizado era el olor.
Recuerdo que por entonces no prefería los finales felices aunque tambien elegía lo improbable. Esa vez elegí encontrarme un cadáver embolsado en partes, una versión que le impregnase un toque sórdido y policiaco a ese tramo de la avenida. Ahora con las estadísticas a la alza prefiero de nuevo la opción engañosa, la improbable, la versión policiaca donde quizá no haya muertos, la que por estos tiempos es de final feliz.
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